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“El pecado, es barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios”, Papa León XIV 

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“El pecado, es barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios”, Papa León XIV 

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Redacción Sin SecretosRedacción · 5 de Abr. 2026
“El pecado, es barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios”, Papa León XIV 

Diario Sin Secretos En la vigilia pascual, el Papa León XIV, advirtió que “el pecado es una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios”. “Esta es una Vigilia llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana, llamada “madre de todas las vigilias”. En ella revivimos el memorial de la […]

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En la vigilia pascual, el Papa León XIV, advirtió que “el pecado es una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios”. “Esta es una Vigilia llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana, llamada “madre de todas las vigilias”. En ella revivimos el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno. Lo hacemos después de haber recorrido, en los últimos días, como en una única gran celebración, los misterios de la Pasión del Dios hecho para nosotros «varón de dolores» despreciado y desechado por los hombres» (ibíd.), torturado y crucificado.

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TEXTO INTEGRO DEL SUMO PONTIFICE: 

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA

CAPILLA PAPAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Basílica de San Pedro
Sábado, 4 de abril de 2026

[Multimedia]

_______________________________________

«Esta noche santa […] expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos» (Pregón pascual).

Así, queridos hermanos y hermanas, el diácono, al comienzo de esta celebración, ha alabado la luz de Cristo Resucitado, simbolizada en el Cirio pascual. De este único Cirio todos hemos encendido nuestras luces y, llevando cada uno una pequeña llama tomada del mismo fuego, hemos iluminado esta gran basílica. Es el signo de la luz pascual, que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo. Al anuncio del diácono hemos respondido “amén”, afirmando nuestro compromiso de abrazar esta misión, y dentro de poco repetiremos nuestro “sí” renovando las promesas bautismales.

Queridos hermanos, esta es una Vigilia llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana, llamada “madre de todas las vigilias”. En ella revivimos el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno. Lo hacemos después de haber recorrido, en los últimos días, como en una única gran celebración, los misterios de la Pasión del Dios hecho para nosotros «varón de dolores» (Is 53,3), «despreciado y desechado por los hombres» (ibíd.), torturado y crucificado.

¿Hay una caridad más grande, una gratuidad más total? El Resucitado es el mismo Creador del universo que, así como en los albores de la historia nos dio la existencia de la nada, así también en la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha dado la vida.

Así nos lo ha recordado la primera lectura, con el relato de los orígenes. En el principio, Dios creó el cielo y la tierra (cf. Gn 1,1), sacando del caos el cosmos, del desorden la armonía, y confiándonos a nosotros, hechos a su imagen y semejanza, la tarea de ser sus custodios. Y también cuando, con el pecado, el hombre no correspondió a ese proyecto, el Señor no lo abandonó, sino que le reveló de un modo aún más sorprendente, en el perdón, su rostro misericordioso.

Esta «noche santa», entonces, hunde sus raíces también allí donde se consumó el primer fracaso de la humanidad, y se extiende a lo largo de los siglos como camino de reconciliación y de gracia.

De ese camino, la liturgia nos ha propuesto algunas etapas a través de los textos sagrados que hemos escuchado. Nos ha recordado cómo Dios detuvo la mano de Abraham, dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, para indicarnos que no quiere nuestra muerte, sino más bien que nos consagremos a ser, en sus manos, miembros vivos de una descendencia de salvados (cf. Gn 22,11-12.15-18). Así mismo, nos ha invitado a reflexionar sobre cómo el Señor liberó a los israelitas de la esclavitud de Egipto, haciendo del mar, lugar de muerte y obstáculo insuperable, la puerta de entrada para el comienzo de una vida nueva y libre. Y el mismo mensaje ha resonado como un eco en las palabras de los profetas, en las que hemos escuchado las alabanzas del Señor como esposo que llama y reúne (cf. Is 54,5-7), fuente que sacia, agua que fecunda (cf. Is 55,1.10), luz que muestra el camino de la paz (cf. Ba 3,14), Espíritu que transforma y renueva el corazón (Ez 36,26).

En todos estos momentos de la historia de la salvación hemos visto cómo Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida. Los hemos evocado juntos, intercalando el relato con salmos y oraciones, para recordarnos que, por la Pascua de Cristo, «sepultados con él en la muerte […] también nosotros llevemos una Vida nueva […] muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,4-11), consagrados en el Bautismo al amor del Padre, unidos en la comunión de los santos, hechos por gracia piedras vivas para la construcción de su Reino (cf. 1 P 2,4-5).

A la luz de todo esto leemos el relato de la Resurrección, que hemos escuchado en el Evangelio según san Mateo. La mañana de Pascua, las mujeres, venciendo el dolor y el miedo, se pusieron en camino. Querían ir al sepulcro de Jesús. Esperaban encontrarlo sellado, con una gran piedra en la entrada y soldados haciendo guardia. Esto es el pecado: una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza. María de Magdala y la otra María, sin embargo, no se dejaron intimidar. Fueron al sepulcro y, gracias a su fe y a su amor, fueron las primeras testigos de la Resurrección. En el terremoto y en el ángel, sentado sobre la roca volcada, vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de “expulsar el odio” y de “doblegar a los poderosos”. El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar. Así, el Crucificado reinó desde la cruz, el ángel se sentó sobre la piedra y Jesús vivo se presentó ante ellas diciendo: «Alégrense» (Mt 28,9).

También este, queridos hermanos, es hoy nuestro mensaje al mundo, el encuentro del que queremos dar testimonio, con las palabras de la fe y con las obras de la caridad, cantando con la vida el “aleluya” que proclamamos con los labios (cf. San Agustín, Sermón 256, 1). Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad, como «muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo» (S. Agustín, Comentarios a los Salmos 127,3).

A esta misión se consagran los hermanos y hermanas que, aquí presentes, procedentes de diversas partes del mundo, recibirán en breve el Bautismo. Tras el largo camino del catecumenado, hoy renacen en Cristo para ser criaturas nuevas (cf. 2 Co 5,17), testigos del Evangelio. Por ellos, y por todos nosotros, repetimos lo que san Agustín decía a los cristianos de su tiempo: «Anuncia a Cristo; siembra […]. Esparce el Evangelio; lo que has concebido en tu corazón» (Sermón 116, 7).

Hermanas y hermanos, tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor; otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen! Muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios, las han removido, quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos. No son personajes inalcanzables, sino personas como nosotros que, fortalecidas por la gracia del Resucitado, en la caridad y en la verdad, tuvieron el valor de hablar, como dice el apóstol Pedro, con «palabras de Dios» (1 P 4,11) y de actuar «como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas» (ibíd.).

Dejémonos inspirar por su ejemplo y, en esta Noche Santa, hagamos nuestro su compromiso, para que en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz.

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